Desde la cuna hasta la tumba, estamos en una búsqueda de comunicación con el resto del mundo, nuestra supervivencia y bienestar depende de ello. Para llegar al éxito o fracasar en nuestras relaciones, depende de cómo nos comunicamos con los demás.  En la cuna, rápidamente aprendemos a pedir atención al llorar a todo pulmón hasta que mamá llega al  rescate; sin embargo, al comenzar a crecer, a madurar intelectual y emocionalmente, nuestras necesidades para llamar la atención cambia y así nuestras habilidades de comunicación. Lanzar rabietas para llamar la atención, ya no es una solución viable para nosotros. Nuestro comportamiento infantil debe tratarse correctamente; por supuesto, que hay un niño dentro de cada uno de nosotros, este debe ser puesto bajo control para que funcione bien y con éxito en un mundo adulto.

El apóstol  Pablo escribió: cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como un niño. Cuando me convertí en un hombre, puse los caminos de la infancia detrás de mí (1 Corintios 13:11). ¿Hemos realmente despojado nuestras formas de infancia con el fin de comunicarse con otros? Si no es así, nuestras relaciones estarán en un estado crítico afectado por una lucha constante, en este caso, nosotros mismos y nuestro círculo íntimo pagará las consecuencias. Es por ello que es sumamente vital para nosotros aprender a comunicarnos y promover relaciones saludables con todos nuestros contactos de por vida. Si hacemos una prioridad en examinar nuestras habilidades de comunicación, es muy posible que tengamos mucho margen de mejora.

La comunicación tiene sus filtros adecuados; el primer filtro de la comunicación, tiene que ver con nuestra forma de que pensar. Nuestra comunicación es igual a la suma de todos nuestros conocimientos y experiencias en la vida, yo le llamo “la cultura de la comunicación personal”. Aprendimos a procesar pensamientos basados en los resultados que han afectado nuestras vidas.  De la crianza familiar a nuestro desarrollo psicológico, recopilamos datos de manera muy especial e individual. Nuestra percepción define la manera correcta o incorrecta en que manejamos la información. Nuestros pensamientos deben guiarse por el Espíritu Santo de acuerdo a Filipenses 4:8, debemos pensar en lo que es verdadero, noble, correcto, puro, hermoso, admirable o cualquier cosa que es excelente o digno de elogio. Un filtro de pensamiento puro resultará un hermoso discurso seguido por las acciones.

El segundo filtro de comunicación y muy importante, es el filtro afectivo. Desarrollamos una característica normal de asociar sentimientos a nuestra visión del mundo. Generalmente nuestros pensamientos crudos son cocidos con recetas de sabores y especias que se llaman emociones. Las emociones son indicadores claros de cómo nos sentimos acerca de ciertos temas. De hecho, personas en empleos seculares se les pide evitar conversaciones sobre temas sexuales, políticos y religiosos. ¿Por qué es esto así? Simplemente porque las personas tienen emociones fuertes con respecto a estos temas y fácilmente puede surgir un conflicto simplemente por hablar sobre tales temas.

El tercer filtro de comunicación, tiene que ver con nuestras expresiones. Nuestras palabras y lenguaje corporal envían continuos mensajes a nuestros destinatarios. La forma en que pensamos sobre las cosas, son tan importantes, como la forma en que nos expresamos. Erradamente pensamos que nuestro discurso no tiene impacto, pero las palabras importan y mucho. ¿Usted ha conocido alguien que en su primera impresión  pensó muy bien en ellos y en el momento en que hablaron, pensaste lo contrario? Sí, las palabras definen nuestra identidad. Jesús dijo que de la abundancia del corazón habla tú boca. Por eso es tan importante que seleccionemos las palabras adecuadas para transmitir nuestro mensaje y su significado. También debemos vigilar nuestro lenguaje corporal y tono como decimos las cosas; el silencio es incluso una manera de enviar un mensaje, con los gestos o miradas que lo acompañan.

El cuarto y distinguido filtro, es el filtro de la acción. Nuestras palabras tienen un valor intrínseco cuando están respaldadas por las acciones adecuadas. Palabras sin acciones no significan nada.  Puede usted hablar volúmenes, pero si su vida y actitud se desconecta de su discurso, las personas tienen muy poco respeto sobre su mensaje. La vida es cuestión de  actitud, por eso debe controlar sus palabras y conectarlas a su carácter cristiano; que su actitud siempre sea humilde. Comience a aplicar estos filtros y empezará a ver como su relaciones florecerán.

En cambio, hablando la verdad en amor, crecerá para convertirse en todos los sentidos el cuerpo maduro de lo que es la cabeza, es decir, Cristo. Efesios 4:15

 


 Por el Pastor Jorge Cardenas